Análisis y extractos del libro: “Veinticuatro horas en la vida de una mujer”, el clásico de 1927 del escritor austríaco Stefan Zweig, donde se revela lo vulnerable que una mujer puede ser, cuando una pasión desmedida le abre sus puertas.
La infidelidad, una palabra que causa mucho malestar, es el planteamiento inicial del libro: “Veinticuatro horas en la vida de una mujer,” de Stefan Zweig.”
Pero hay que leer a fondo, para descubrir que más que la infidelidad, el libro explora la vulnerabilidad que una mujer experimenta cuando es sacudida por una intensa pasión amorosa. En ese momento, puede olvidarse de ella misma, y no hay reglas sociales, ni morales que puedan detenerla.
El autor austríaco, entra en la psicología femenina y revela a la sociedad rígida y llena de reglas morales de principios del siglo XX, que todo se resquebraja cuando una mujer cae dominada bajo el influjo sentimental y erótico del momento.
No hay mujer que se resista a un arrebato de lujuria, y hasta las que tienen códigos de conducta sólidos terminan por entregarse al deseo sexual que la otra persona pueda generarle.
Engañando al marido a ojos cerrados
El libro comienza con el escándalo que se crea cuando Madame Henriette, una mujer de unos 33 años, “fina y delicada, abandona a su esposo viejo y regordete, y a sus dos hijas, por un bello y elegante Adonis’’ –dice el texto.
Todo transcurre en el lujoso Palace Hotel, en la Riviera Francesa, y esto crea un escándalo y alboroto entre los huéspedes.
Pero la discusión central ocurre en un anexo que pertenece al hotel, una villa aislada y económica a la que se tiene acceso a través del jardín. Allí viven dos matrimonios, uno alemán y el otro italiano, un hombre danés, una dama inglesa –Mrs. C– y el hombre que narra la historia.
Ante la insólita noticia, los huéspedes critican a Madame Henriette con ferocidad, especialmente los dos matrimonios. Los hombres temen en silencio que sus esposas sigan el mismo ejemplo y los abandonen, pero no lo confiesan. Y las dos mujeres no justifican que una mujer “decente” renuncie a todo por un arrebato pasional, y mucho menos que abandone a sus hijas.
Madame Henriette se marchó con un joven francés que llego el día anterior al hotel, y en el transcurso de veinticuatro horas ella se escapó abandonando a toda su familia.

Lo más sorprendente es que a los amantes sólo se les vio juntos en dos ocasiones: Dos horas caminando por la terraza de la playa, el primer día; y una hora tomando café en el jardín, al día siguiente.
Los huéspedes de la villa lanzaron críticas degradantes contra la mujer del comerciante de Lyon, señalándola como “una discreta Madame Bovary de tercer orden”, catalogando el hecho como un “pérfido engaño,” y asegurando que era “imposible que una mujer decente, después de un efímero trato, se fugase…”
Pero el hombre que narra la historia, y cuyo nombre no se menciona, defiende a Madame Henriette a ultranza. Esto crea un fuerte malestar, violencia verbal y hasta puños en la sobremesa que los siete huéspedes siempre comparten después de la cena.
Al defender a Madame Henriette el hombre dice:
“Encuentro más digno que una mujer ceda a su instinto, libre y apasionadamente, y no que, como ocurre por lo general, engañe al marido en sus propios brazos y a ojos cerrados.”
“Una mujer en ciertas horas de su vida, pese a su voluntad y a la conciencia de su deber, se encuentra indefensa ante el poder de fuerzas misteriosas…”
“…Es posible que una señora, tras varios años de matrimonio, decepcionada, hastiada, se sintiese íntimamente predispuesta a una aventura de este género.”
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Personaje principal: la silenciosa Mrs. C
En la discusión de sobremesa, está una dama inglesa de 67 años, que es muy reservada y que posee gestos aristocráticos. Es Mrs. C, que apenas habla, pero a quien todos respetan.
Y cuando decide hablar lo hace como “testigo del diablo,” haciendo las siguientes preguntas al hombre que defiende a Madame Henriette:
- Mrs. C: “¿Si usted cree que el crime pasionel, como dicen los franceses, no es un crimen, ¿por qué existe entonces la justicia? Y si estuviera usted casado ¿presentaría una mujer así a su esposa, como si nada hubiera pasado?
- “Naturalmente” –contestó el hombre
- Mrs. C: ¿Usted no encuentra, pues, odioso, despreciable, que una mujer abandone a su marido y a sus hijas para seguir a un hombre cualquiera, del que nada se sabe, ni siquiera si es digno de su amor?
- Le repito –señora– que no quiero en este caso ni juzgar, ni condenar. Esa pobre Madame Henriette no es ciertamente ninguna heroína… La tengo como una mujer corriente, débil, que me merece cierto respecto porque ha tenido el valor de obrar según su voluntad…”
Pero enseguida el propio hombre admite: “es una mujer desgraciada”, porque ahora tendrá que soportar la crítica y el desprecio de la gente.
“Quizá haya obrado estúpida, locamente, pero nunca de una manera ruin y vulgar, y lo mismo ahora que antes discutiré con todos, el derecho a menospreciar a esta pobre desgraciada” –agregó el hombre

La Confesión: “la verdad a medias no tiene ningún valor”
La parte central del libro es la confesión que la mujer inglesa, Mrs. C, le hace al hombre que narra la historia dentro libro, y que ha defendido abiertamente a Madame Henriette.
Mrs. C, vivió por muchos años obsesiona por un evento que vivió poco después de la muerte de su esposo, cuando ella tenía 42 años. Es necesario viajar 20 años atrás en el tiempo, para descubrir lo que Mrs. C también experimentó en veinticuatro horas.
La historia transcurre a principios del Siglo XX, época donde los hombres besaban la mano de una mujer para expresar respeto y galantería, y dependiendo del que lo hiciera, también podía significar pasión y deseo.
Mrs. C tiene dos hijos que ya son adultos, ha enviudado y no sabe qué hacer con su vida. Se siente vacía, triste y sin ningún objetivo. Entonces, decide viajar y llega al famoso Casino de Monte Carlo –ubicado en el Principado de Mónaco en la Riviera Francesa– donde conocerá a un joven de unos 24 años, que jamás olvidará.
“A los 42 años de mi vida, fui a parar a Montecarlo huyendo de una existencia de falta de objetivo a la que no había sabido sobreponerme…” – dice Mrs. C
Y lo que comenzó como un acto de auxilio y humanidad, terminó en poner al descubierto a la mujer ardiente y apasionada que Mrs. C llevaba por dentro, y que nunca salió a la superficie en el tradicional matrimonio que mantuvo por 23 años.
Mrs. C se sintió cautivada por el joven jugador, y así lo expresa:
“Nunca había visto un rostro en el que se reflejara tan abiertamente, tan impúdicamente, la pasión, el instinto; yo permanecía inmóvil, atraída por la locura de su expresión …. A partir de ese momento, no vi otra cosa en el salón.”
Pero cuando ella se dio cuenta que el joven lo había perdido todo en el juego, y que podía suicidarse, intervino y quiso salvarlo.
Lo que sucedió entre ellos dos cambió para siempre la actitud de una mujer estricta, inflexible y tensa, convirtiéndola en una mujer que cedió ante su impetuosa naturaleza femenina. Algo impensable para una mujer cuya educación “le prohibía hablar en la calle con un desconocido.”
“Ven” –le dijo el joven jugador
Mrs. C: “Y como si fuesen de acero, sus crispados dedos aprisionaron mi mano. Me asusté…, me estremecí toda; me quedé paralizada, como herida por el rayo; perdí la conciencia de mí misma. Quise alejarme…, desasirme…, pero no tuve voluntad…”
“Y de repente me hallé sola con aquel desconocido en un cuarto extraño de un hotel, cuyo nombre ignoro todavía.”

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Cambió el luto por los colores vivos
¡Mrs. C cambió para siempre!
Inmediatamente cambió su vestido de luto por uno de colores. Ella sintió que la naturaleza a su alrededor estaba más iluminada, y que el cielo era más diáfano. Por primera vez se sentía llena de vida.
Las cosas que podían causarle incomodidad, ya no le importaban, tanto así que pasó por alto la posada sucia y maloliente, donde se entregó con pasión desmedida al joven jugador.
Así lo describe Mrs. C:
“La mirada de asombro del portero resbaló por mi cuerpo; ni la menor sombra de vergüenza, ni de disgusto por lo ocurrido oprimía mi corazón”
“Experimentaba una sensación de bienestar y exuberancia que hacía circular ardientemente la sangre por mis venas, cual si resurgiese en mí la voluntad de vivir y descubriese de pronto la razón de ser de mi existencia…”
Acto de gratitud y el desenlace
Mrs. C hizo hasta lo imposible por salvar, de la terrible adicción al juego, al joven que provenía de una acaudalada familia austríaca y estudiaba diplomacia.
Y tras la noche de pasión que ambos vivieron, el joven le prometió a Mrs. C. irse de Montecarlo al día siguiente, en el tren de las 7:30pm
“Se arrodilló y me besó el borde del vestido. Fue un gesto indescriptible. Yo temblaba violentamente.” –confesó la mujer
El mundo de Mrs. C se había transformado. Ella estaba feliz, plena y maravillada con lo que había vivido. Y bajo ese arrebato amoroso cambió sus planes y decidió en un impulso irse con el joven, sin pensar en sus hijos, las críticas, y en lo que la gente diría. No le importaba su reputación. Solo quería vivir intensamente al lado del joven, aunque ella le doblaba la edad.
Y así lo expresa:
“Me habría prestado a pedir limosna y probablemente no existe bajeza en el mundo que no hubiera cometido por él. Le llamamos pudor o respetabilidad, lo hubiera arrojado lejos de mí, si él con solo una palabra, un gesto, hubiese intentado llevarme…”
Pero lo que siguió llenó de vergüenza y humillación a Mrs. C, algo que no pudo superar por más de 20 años.
El joven no cumplió la promesa de irse de Monte Carlo, siguió jugando y la insultó y despreció públicamente en el casino. En cuestión de horas, la mujer sobria y respetable había perdido su prestigio social y roto todas las reglas sociales de la época.
No hubo viaje, ni otra noche de pasión, y el joven jugador se perdió para siempre en un vicio que lo llevó a la muerte.


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